Esta imagen, tomada en una ventana de una ermita, se abre como una grieta en la noche: un fragmento pálido que emerge del vacío, temblando en silencio. La figura clara, alta y alargada, parece hecha de luz cansada, una luz que no ilumina, sino que recuerda haberlo hecho alguna vez. Su superficie ondula en capas suaves, como si fuera piel que no pertenece a ningún cuerpo, o neblina que intenta imitar la forma de algo que nunca terminó de nacer. A su lado izquierdo, la sombra cae como un velo espeso. No es una ausencia de luz, sino una presencia oscura, un peso que parece inclinarse hacia la figura, casi tocándola, casi devorándola. Esa sombra tiene una densidad que la luz no consigue atravesar, y su curva se siente como una respiración contenida, como un murmullo que no se oye pero que vibra en el borde de la mirada. Arriba, un destello blanco rompe la penumbra: un brillo pequeño, casi un suspiro luminoso, que da la impresión de ser un ojo cerrado o un punto donde la claridad se a...